La verdad es que nunca te conté cómo me fue en las vacaciones y ciertamente a nadie le puede ir mal cuando utiliza su tiempo para dispersarse y dar rienda suelta a las ganas de hacer sin horarios ni compromisos.
Te cuento que el viaje fue largo porque desde Río Gallegos salimos a las ocho de la mañana hasta Trelew (costa chubutense). Una vez allí acortamos nuestro largo peregrinar, unos 1200 kilómetros. Nos instalamos en hotel, previa reservación, y luego salimos a caminar un poco.
Al día siguiente desayunamos y partimos rumbo a Neuquén capital. Es allí donde conocimos un lugar nuevo. Esa parte del viaje fue bastante tediosa porque el calor era agobiante dentro del auto sin aire acondicionado. Los pibes de las estaciones de servicio nos informaron que la temperatura ambiente superaba los 42 grados ... pero igual seguimos viaje para lograr nuestro segundo día de travesía por las rutas patagónicas.
Cuando llegamos a la ciudad nos impactó lo linda que era, pues imaginábamos una mole de cemento con gente apurada y nada que ver. Al fin decidimos recorrerla a pie apenas llegamos, pero nos sorprendió una de esas tormentas eléctricas que te empapan y que hasta el momento para mi eran desconocidas. La cosa es que nos terminamos quedando tres días para visitar los diferentes atractivos del casco urbano, conocer su historia y hacer algunas compritas en el centro comercial.
Así es que como a los cuatro o cinco días de haber partido de Río Gallegos, nos encontrábamos a penas en la mitad del trayecto. Juntamos fuerzas y salimos con destino a San Rafael (Mendoza).
Después de haber pasado por la desértica provincia de La Pampa, encontramos un cartel que nos indicaba que estábamos ingresando a territorio mendocino, dato que nos cambió el ánimo luego de tanta monotonía.
Cuando al fin ingresamos a San Rafael, confiamos en que rápidamente encontraríamos un lugar donde instalarnos, pero fue algo gracioso porque solo a nosotros los sureños se nos ocurre entrar
a cuyo en el horario de la siesta. De todas maneras el hotel que conseguimos fue muy confortable, pero solo nos quedamos un par de días porque la verdad es que la ciudad no era lo que nos habíamos imaginado. 
Por eso es que tomamos la determinación de, una vez recorrido los viñedos de la zona, irnos a Mendoza Capital.
Ahí sí quedamos estupefactos por la abundante vegetación y la calidad de las rutas (entiéndase caminos más anchos y autopistas gratuitas), con lo que nos facilitó la llegada a la tan ansiada Mendoza. Cuando quisimos acordar estábamos en pleno centro, en medio de un tráfico muy diferente al de otras capitales ya que éste era tranquilo y se respetaba la pachorra de los turistas.
Los "troles" entorpecían el paso pero a mi me gustaba verlos, porque es un transporte público movilizado por la electricidad que le provén unos cables, que a la vez guía su recorrido y provocan que sea más económico para los pasajeros y contribuye a la ecología del lugar, debido a que no genera monóxido de carbono.
Entre otras cosas la gente es muy amable y eso hace que sea un destino en el que uno se quiere quedar.
Cuando nos informamos de las numerosas actividades programadas para los turistas, sin pensarlo nos lanzamos a la aventura. Lo primero fue un City Tour que nos sirvió para guiarnos en la ciudad, conocer la historia tan arraigada con el pasado resiente de nuestro país y llegar hasta el Cerro de la Gloria. Un maravilloso lugar en el que en medio de tantos idiomas surge el factor común que nos une a los latinoamericanos, San Martín.
Pero por supuesto que esto que vislumbraba un viaje de estudios también tuvo su parte nocturna en la calle de los "pubs", donde más de 30 locales ofrecen cada uno una onda distinta y congrega centenares de adolescentes y adultos con el fin de divertirse y compartir comidas rápidas y tragos largos.
Pero luego de la diversión, las largas caminatas por las calles principales de Mendoza, las paradas a comer con la excusa de probar los vinos y los chivitos asados, nos abocamos al plan original que era irnos de camping y realizar turismo aventura.
Es por ello que abandonamos, muy a nuestro pesar, la Gran Ciudad y nos sumergimos en la montaña, más precisamente en Valle Grande. Por supuesto que nuestro interés colectivo era tratar de hacer aquellas actividades que nunca nos habíamos animado a hacer, entonces contratamos un tour nocturno en donde realizamos el primer trayecto en vehículo 4 x4, el segundo a pie (trekking) y por último escalada de montaña con vista de pinturas rupestres a la luz de la luna.
En realidad, para que se entienda, lo que hicimos fue recorrer una de las zonas más desérticas de Mendoza y observar el inteligente trabajo de los indios que provocó que hoy esa provincia cuente con un sistema de riego necesario para la distribución uniforme de agua. Ese recorrido estuvo fantástico porque era de noche y estábamos en medio de una tormenta eléctrica que nunca se desató, pero sí fuimos testigos de los rayos que caían en los alrededores montañosos y que a veces servían para iluminarnos el trayecto.
Al día siguiente teníamos programado un bautismo de raffting, es decir que nos zabulliríamos en
el río Atuel en un gomón junto a siete personas para remar y enfrentarnos a los rápidos que con el creciente caudal de agua proveniente de los deshielos, hacía más tenebrosa la travesía.
Al fin salimos ilesos, luego de una hora y media a bordo del bote inflable, para esa altura nos habíamos divertido como locos y prometimos pronto contacto con los demás pasajeros, que también se alojaban en carpas como nosotros.
Debo admitir que dormir con las altas temperaturas veraniegas al aire libre, dentro de una carpa, es algo imposible pero una experiencia inolvidable. Pero no crean que ahí terminó todo. Otra actividad que llevamos a cabo fue más riesgosa. Esta vez teníamos que disfrazarnos de hombres rana, sumergirnos en las aguas heladas para montarnos a un gomón individual, en el que flotaríamos y nos guiaríamos con nuestra propias manos durante una hora y media hasta llegar a destino. Para ello deberíamos pasar los rápido que ya habíamos visto a bordo del raffting y pelearle al agua nuestra salvación. Eso sí, se recomienda hacerlo con mucha sed porque la cantidad de agua que se traga es impresionante. Uno está en contacto directo, o mejor dicho al ras, del agua. A pesar de no saber nadar me fue muy bien y no me he muerto ... fue la actividad que más me gustó.
Por último nos quedaban pendientes las actividades de montaña, que eran escalada, rappel y tirolesa.
A saber: ascendimos unos 1000 metros a pie hasta llegar a un risco en donde deberíamos cruzar de una montaña a la otra colgados de un arnés y deslizarnos por un cable de acero mediante una rondana. No te imaginás el julepe que te agarrás pero está bueno.
Una vez del otro lado, quedamos ubicados en un precipicio del que deberíamos descender colgados de unas sogas, amarradas a nuestra cintura, eso es el rappel. Como nobleza obliga, debo aclarar que esta fue la actividad que menos me gustó porque sufro de vértigo y pensé que con esta prueba de fuego me lo iba a poder sacar. En definitiva fui una de las que más tardó en bajar de todo el grupo, a la mitad tuve que parar porque me quedé inmovilizada por el pánico, pero rápidamente me sobrepuse y tomé conciencia de dónde estaba y que la única manera de volver a tierra era con mi propio esfuerzo.
Una vez que terminamos con las recorridas programadas por la agencia de turismo y las otras que hicimos por nuestra propia cuenta, nos dispusimos a regresar por el bosque, es decir, Villa la Angostura (Neuquen), Bariloche (Río Negro), El Bolsón (Río Negro), El Hoyo (Chubut), Epuyén (Chubut) y Esquel (Chubut). Prácticamente toda la Patagonia, pero ese es otro capítulo.
Luego quedaba el tramos más largo y tedioso, además de la fuerza que teníamos que hacer para no pensar en que las vacaciones estaban llegando a su fin. La provincia de Santa Cruz nos recibió con su típico viento de más de 120 kilómetros en la hora, cosa que hizo más lenta la agonía del regreso. Al fin, después de los últimos 1400 kilómetros y 25 días de esparcimiento, llegamos a Río Gallegos.
Te cuento que el viaje fue largo porque desde Río Gallegos salimos a las ocho de la mañana hasta Trelew (costa chubutense). Una vez allí acortamos nuestro largo peregrinar, unos 1200 kilómetros. Nos instalamos en hotel, previa reservación, y luego salimos a caminar un poco.
Al día siguiente desayunamos y partimos rumbo a Neuquén capital. Es allí donde conocimos un lugar nuevo. Esa parte del viaje fue bastante tediosa porque el calor era agobiante dentro del auto sin aire acondicionado. Los pibes de las estaciones de servicio nos informaron que la temperatura ambiente superaba los 42 grados ... pero igual seguimos viaje para lograr nuestro segundo día de travesía por las rutas patagónicas.
Cuando llegamos a la ciudad nos impactó lo linda que era, pues imaginábamos una mole de cemento con gente apurada y nada que ver. Al fin decidimos recorrerla a pie apenas llegamos, pero nos sorprendió una de esas tormentas eléctricas que te empapan y que hasta el momento para mi eran desconocidas. La cosa es que nos terminamos quedando tres días para visitar los diferentes atractivos del casco urbano, conocer su historia y hacer algunas compritas en el centro comercial.
Así es que como a los cuatro o cinco días de haber partido de Río Gallegos, nos encontrábamos a penas en la mitad del trayecto. Juntamos fuerzas y salimos con destino a San Rafael (Mendoza).
Después de haber pasado por la desértica provincia de La Pampa, encontramos un cartel que nos indicaba que estábamos ingresando a territorio mendocino, dato que nos cambió el ánimo luego de tanta monotonía.
Cuando al fin ingresamos a San Rafael, confiamos en que rápidamente encontraríamos un lugar donde instalarnos, pero fue algo gracioso porque solo a nosotros los sureños se nos ocurre entrar
a cuyo en el horario de la siesta. De todas maneras el hotel que conseguimos fue muy confortable, pero solo nos quedamos un par de días porque la verdad es que la ciudad no era lo que nos habíamos imaginado. 
Por eso es que tomamos la determinación de, una vez recorrido los viñedos de la zona, irnos a Mendoza Capital.
Ahí sí quedamos estupefactos por la abundante vegetación y la calidad de las rutas (entiéndase caminos más anchos y autopistas gratuitas), con lo que nos facilitó la llegada a la tan ansiada Mendoza. Cuando quisimos acordar estábamos en pleno centro, en medio de un tráfico muy diferente al de otras capitales ya que éste era tranquilo y se respetaba la pachorra de los turistas.
Los "troles" entorpecían el paso pero a mi me gustaba verlos, porque es un transporte público movilizado por la electricidad que le provén unos cables, que a la vez guía su recorrido y provocan que sea más económico para los pasajeros y contribuye a la ecología del lugar, debido a que no genera monóxido de carbono.
Entre otras cosas la gente es muy amable y eso hace que sea un destino en el que uno se quiere quedar.
Cuando nos informamos de las numerosas actividades programadas para los turistas, sin pensarlo nos lanzamos a la aventura. Lo primero fue un City Tour que nos sirvió para guiarnos en la ciudad, conocer la historia tan arraigada con el pasado resiente de nuestro país y llegar hasta el Cerro de la Gloria. Un maravilloso lugar en el que en medio de tantos idiomas surge el factor común que nos une a los latinoamericanos, San Martín.Pero por supuesto que esto que vislumbraba un viaje de estudios también tuvo su parte nocturna en la calle de los "pubs", donde más de 30 locales ofrecen cada uno una onda distinta y congrega centenares de adolescentes y adultos con el fin de divertirse y compartir comidas rápidas y tragos largos.
Pero luego de la diversión, las largas caminatas por las calles principales de Mendoza, las paradas a comer con la excusa de probar los vinos y los chivitos asados, nos abocamos al plan original que era irnos de camping y realizar turismo aventura.
Es por ello que abandonamos, muy a nuestro pesar, la Gran Ciudad y nos sumergimos en la montaña, más precisamente en Valle Grande. Por supuesto que nuestro interés colectivo era tratar de hacer aquellas actividades que nunca nos habíamos animado a hacer, entonces contratamos un tour nocturno en donde realizamos el primer trayecto en vehículo 4 x4, el segundo a pie (trekking) y por último escalada de montaña con vista de pinturas rupestres a la luz de la luna.
En realidad, para que se entienda, lo que hicimos fue recorrer una de las zonas más desérticas de Mendoza y observar el inteligente trabajo de los indios que provocó que hoy esa provincia cuente con un sistema de riego necesario para la distribución uniforme de agua. Ese recorrido estuvo fantástico porque era de noche y estábamos en medio de una tormenta eléctrica que nunca se desató, pero sí fuimos testigos de los rayos que caían en los alrededores montañosos y que a veces servían para iluminarnos el trayecto.
Al día siguiente teníamos programado un bautismo de raffting, es decir que nos zabulliríamos en
el río Atuel en un gomón junto a siete personas para remar y enfrentarnos a los rápidos que con el creciente caudal de agua proveniente de los deshielos, hacía más tenebrosa la travesía.Al fin salimos ilesos, luego de una hora y media a bordo del bote inflable, para esa altura nos habíamos divertido como locos y prometimos pronto contacto con los demás pasajeros, que también se alojaban en carpas como nosotros.
Debo admitir que dormir con las altas temperaturas veraniegas al aire libre, dentro de una carpa, es algo imposible pero una experiencia inolvidable. Pero no crean que ahí terminó todo. Otra actividad que llevamos a cabo fue más riesgosa. Esta vez teníamos que disfrazarnos de hombres rana, sumergirnos en las aguas heladas para montarnos a un gomón individual, en el que flotaríamos y nos guiaríamos con nuestra propias manos durante una hora y media hasta llegar a destino. Para ello deberíamos pasar los rápido que ya habíamos visto a bordo del raffting y pelearle al agua nuestra salvación. Eso sí, se recomienda hacerlo con mucha sed porque la cantidad de agua que se traga es impresionante. Uno está en contacto directo, o mejor dicho al ras, del agua. A pesar de no saber nadar me fue muy bien y no me he muerto ... fue la actividad que más me gustó.
Por último nos quedaban pendientes las actividades de montaña, que eran escalada, rappel y tirolesa.
A saber: ascendimos unos 1000 metros a pie hasta llegar a un risco en donde deberíamos cruzar de una montaña a la otra colgados de un arnés y deslizarnos por un cable de acero mediante una rondana. No te imaginás el julepe que te agarrás pero está bueno.Una vez del otro lado, quedamos ubicados en un precipicio del que deberíamos descender colgados de unas sogas, amarradas a nuestra cintura, eso es el rappel. Como nobleza obliga, debo aclarar que esta fue la actividad que menos me gustó porque sufro de vértigo y pensé que con esta prueba de fuego me lo iba a poder sacar. En definitiva fui una de las que más tardó en bajar de todo el grupo, a la mitad tuve que parar porque me quedé inmovilizada por el pánico, pero rápidamente me sobrepuse y tomé conciencia de dónde estaba y que la única manera de volver a tierra era con mi propio esfuerzo.
Una vez que terminamos con las recorridas programadas por la agencia de turismo y las otras que hicimos por nuestra propia cuenta, nos dispusimos a regresar por el bosque, es decir, Villa la Angostura (Neuquen), Bariloche (Río Negro), El Bolsón (Río Negro), El Hoyo (Chubut), Epuyén (Chubut) y Esquel (Chubut). Prácticamente toda la Patagonia, pero ese es otro capítulo.
Luego quedaba el tramos más largo y tedioso, además de la fuerza que teníamos que hacer para no pensar en que las vacaciones estaban llegando a su fin. La provincia de Santa Cruz nos recibió con su típico viento de más de 120 kilómetros en la hora, cosa que hizo más lenta la agonía del regreso. Al fin, después de los últimos 1400 kilómetros y 25 días de esparcimiento, llegamos a Río Gallegos.